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Grado Decimo

Economía moral

Economía moral

Karlos Pérez de Armiño

Conjunto de mecanismos de solidaridad comunitaria y ayuda mutua, basados en relaciones sociales de reciprocidad, propios de las sociedades agrícolas tradicionales, orientados a satisfacer las necesidades básicas de toda la comunidad.

Numerosos autores, de los que Scott (1976) fue uno de los principales precursores, han señalado la importancia que la economía moral ha tenido históricamente, y en menor media aún hoy, entre las comunidades tradicionales precapitalistas. Destacan que la economía moral actúa como una red de seguridad tradicional que garantiza un mínimo bienestar a los sectores más vulnerables, al tiempo que facilita la implementación de las estrategias de afrontamiento frente a las crisis y los desastres, con lo que contribuye a aliviar e incluso, aunque no siempre, evitar su impacto (hambrunas, pérdida de los recursos productivos, quiebra de los sistemas de sustento, etc.).

La economía moral consta de una serie de mecanismos redistributivos y de ayuda recíproca, comunitarios y familiares, que constituyen una cierta red de seguridad social: intercambios no comerciales de alimentos (donaciones a los necesitados, regalos recíprocos, acuerdos de compartir alimentos a cambio de compartir trabajos, préstamos de alimentos, etc.), campos y graneros comunitarios, normas para labores colectivas, etc. Estos mecanismos se sustentan en relaciones sociales de reciprocidad a nivel de aldea, clanes, familias extendidas y otras redes sociales. Generalmente son relaciones de reciprocidad horizontales, esto es, entre personas, familias o grupos de la misma posición. Sin embargo, algunas sociedades tradicionales también han conocido sistemas de redistribución verticales, basados en relaciones sociales jerárquicas, de patronazgo o clientelismo. En ellas, la elite gobernante extrae recursos de sus dependientes (impuestos, tributos, etc.), que les son después parcialmente redistribuidos en situaciones de necesidad.

La economía moral se sustentaba en una cierta ética de la subsistencia, en la búsqueda del bienestar colectivo y no en el lucro personal. Aunque no exentas de desigualdades y pobreza, el objetivo prioritario que articulaba tales sociedades tradicionales (de las que perduran algunos ejemplos) no era la acumulación material, sino la reproducción y el mantenimiento del sistema social, debiendo garantizar para ello las necesidades de todos los miembros de la comunidad. Se trataba de un modelo sustentado en unas estrechas relaciones de parentesco, en el que el estatus social no era otorgado por la riqueza, sino por la posición ocupada en el complejo de relaciones sociales, y en el que la legitimidad de los líderes políticos se derivaba de su capacidad para garantizar las necesidades básicas de la comunidad.

Algunos autores, como Watts (1983:78-79), han señalado que existe una cierta mitificación de la economía moral y de su capacidad protectora, derivada de una visión romántica del período precolonial. En cualquier caso, parece ampliamente aceptado que los sistemas tradicionales sí han proporcionado una ayuda importante contra las amenazas a la subsistencia, aunque limitada. Scott (1976:9) advierte que carecían de capacidad para garantizar la subsistencia en caso de desastre colectivo. De forma similiar, Adams (1993) argumenta que funcionan en caso de crisis alimentaria de escasa gravedad, corta duración y que afecten sólo a algunos grupos de población en un momento dado. Pero, añade, si la inseguridad alimentaria se prolonga, agrava o extiende, el apoyo proporcionado por las redes sociales se reduce y se limita cada vez más a la ayuda a los familiares más cercanos, hasta el punto de que, en situaciones de crisis muy severas, las redes sociales, incluyendo las de las familias nucleares, pueden incluso hundirse totalmente.

Otro aspecto ampliamente aceptado es que el colonialismo quebró o debilitó seriamente la economía moral de las sociedades tradicionales, provocando así un incremento de su vulnerabilidad a los desastres. La introducción de la economía capitalista de mercado, sin perjuicio de otros beneficios que generó (mejora en las comunicaciones, diversificación de actividades productivas, etc.), insertó una nueva filosofía productiva, centrada en la maximización de la productividad en vez de en la prevención del riesgo, en el beneficio individual en vez de en el biestar de toda la comunidad. Las obligaciones tradicionales de solidaridad recíproca se vieron fuertemente erosionadas por los nuevos vínculos monetarios y por el aumento de las diferencias sociales, con una elite que acumulaba más recursos pero que había perdido parte de su legitimidad tradicional.

El aumento de vulnerablidad ante las crisis derivado de la erosión de la economía moral es preocupante sobre todo en aquellos países carentes de sistemas estatales de seguridad social. En este sentido, diferentes autores han considerado que las sociedades menos vulnerables a las crisis alimentarias son, bien las pobres pero autosuficientes y con mecanismos activos de economía moral, bien las sociedades modernas con un sistema público de bienestar. Las más vulnerables, por su parte, serían aquellas sumidas en un rápido proceso de modernización y proletarización, donde se ha pasado de una economía agrícola de subsistencia a otra de mercado, con lo que la economía moral ha desaparecido, pero todavía no ha sido reemplazada por los mecanismos propios de las economías desarrolladas. Amartya Sen (1980:173) ha contribuido a esta perspectiva al hablar de lo que denomina fase PEST (Pure Exchange System Transition, transición del sistema de intercambio puro), esto es, una etapa en la que se ha creado ya una amplia clase social de jornaleros asalariados, pero no existen todavía programas de seguridad social. Dado que las titularidades[Titularidades al alimento, Titularidades medioambientales] o ingresos de tales asalariados se caracterizan por su inseguridad, pues provienen del sistema de intercambio económico, no de su propio cultivo (como en las sociedades precapitalistas) ni de las transferencias del sistema de bienestar (como en el capitalismo avanzado), se trata de una fase de alta vulnerabilidad.

Esta proletarización y transformación económica, con la consiguiente merma de la economía moral, ha variado en intensidad según los lugares, habiendo sido mayores en el Sudeste asiático que en África. En la India, por ejemplo, las relaciones comunitarias de solidaridad se han debilitado más que en África, pero esto queda compensado por su mejor situación en otros frentes: programas de protección social y empleo por parte del gobierno y ONG, infraestructuras, instituciones democráticas (que reaccionan mejor ante las hambrunas que los sistemas autoritarios) y ausencia de conflictos (Swift, 1993). En lo que se refiere a África, la economía moral sigue siendo importante para muchas comunidades rurales, que no pueden confiar sólo en el mercado o en el Estado para afrontar períodos de escasez agrícola. Como revela Adams (1993) en su estudio sobre una aldea bambara del centro de Mali, las transacciones de cereal vía economía moral (regalos, crédito informal, trabajo a cambio de cereal) cubrieron un 25% de las necesidades de alimentos en el período de escasez que siguió a la escasa cosecha de 1988, al tiempo que los regalos, por sí solos, representaron un 10% de la producción. K. P.

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